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Leontine Poirier de Ameghino, una semblanza a partir de su correspondencia

Poco se sabe de la mujer de Ameghino, Leontine, sin embargo cartas inéditas nos revelan postales de la relación conyugal y de sucesos políticos nacionales como las revoluciones de 1890 y 1893.

(Por Dr. Marcelo J. Toledo) Luego de la epidemia de cólera del verano del ’68 Ameghino hace un paso fugaz por la Escuela Normal de Buenos Aires para ingresar, en julio 1869, como ayudante en la Escuela de Varones de Mercedes. Desautorizadas sus ideas sobre un hombre paleolítico contemporáneo al gliptodonte por la Sociedad Científica Argentina, el 6 de Abril de 1878 se embarca para presentar sus colecciones en París. Los casi ocho años de residencia en Mercedes le permiten relacionarse con comerciantes acaudalados que apoyaron su lucha contra la ciencia porteña y financiaron su viaje a Europa. Otros, como el fotógrafo Annaratone y el periodista Mohr lo ayudan a ilustrar y publicar sus investigaciones.

Mademoiselle Leontine

En París vive durante 1878, cerca de la Gare de Lyon a minutos a pie del Museo. En sus salidas diarias a la Exposición, se cruza tal vez, en el rez-de-chaussée con Leontine, una rubia beldad a decir de Spegazzini, “hija de una humilde y respetuosa familia de los alrededores de Paris” para Carlos Ameghino, e hija del “dueño del hotel” según Arrili. Se casan o conviven hacia 1879. Rodolfo Senet, la supone erróneamente sobrina del anatomista Paul Poirier. Se la emparentó también con Nicolás Poirier, zoólogo del Museo de París, sin embargo, la escritura de Leontine evidencian una educación lejana y ajena al mundo bourgeois parisino. Estas confusiones dejaron vía libre a la prolija prosa de Lugones que en su Elogio llega a imaginarle un caprichoso origen normando. Vuelven a la Argentina el 18 septiembre 1881 y alquilan en H. Irigoyen 1532 hasta que se mudan el 6 de julio de 1882 al barrio del Once, con librería en Rivadavia al 2100, la famosa “Del Glyptodon”, que hacia fines de 1887 muda a una cuadra y media, al lado del Mercado Rivadavia.

Un vestido nuevo

En 1884, de la mano del entonces senador Juárez Celman, Ameghino llega a la Universidad de Córdoba como profesor de Zoología, dejando en el Once a una joven Leontina a cargo de la librería. Serán dos años de lejanía, ausencias y soledades, solo mitigados por un intercambio epistolar en francés y visitas de verano. Ameghino parte a Córdoba en la primera semana de octubre de 1884 y llega finalmente el 19 y se aloja en el hotel Europa. El 17 de octubre Leontine responde a una primera carta: “estuve sumamente preocupada sin noticias tuyas… debes confesar que has estado un poco negligente… espero vuelvas pronto y así tendré la alegría de abrazarte como lo hice tantas veces luego de haberte hecho rabiar… lo que más extraño tenerte en mis brazos”. El 22 agrega: “me parece un siglo esperarte hasta diciembre… te propongo ir a visitarte en 15 días y cuando termines tus clases iremos juntos ver el Paraná… cuando estoy a tu lado me parece ser la más feliz de los mortales y lejos un martirio… tu mujercita que te amara siempre”. En todas las cartas, Leontine le ruega, insiste y repite que le escriba más seguido, que se aburre, que lo extraña y le envía tiernos e interminables saludos adornados de mil besos. Planea con entusiasmo una visita. Compra un vestido de verano, botines y sombrero. Se encarga de mantener la librería surtida, con papeles “de grande varieté”, cuadernos y libros escolares. Con lo recaudado vive, gira algún dinero a Florentino, paga el alquiler, los vencimientos del banco, la cuenta del gas y los impuestos de la ciudad. No deja de asentar todo ello en el libro del debe y haber. Noviembre remplaza a Octubre con la misma insistencia: “10 de Noviembre de 1884. Querido Florentinito: Te envío 50$ Nacionales por si no te pagan el sueldo y te quedás sin dinero para viajar a Buenos Aires donde te necesito…”. Leontine escribe con numerosos errores ortográficos y gramaticales. Todo ello evidencia una joven de las bourgades obreras y paisanas con solo estudios elementales. Simpson la imagino, en 1948, correctora de los manuscritos de Florentino, pero más tarde se desdice y reconoce, prudente y con tacto, que el francés de Leontine no era “literario”. El 17 de julio de 1885, Florentino se entusiasma contándole sus excursiones en los alrededores de Córdoba donde encuentra fósiles y sílex “como los de Chelles”. Una última carta del 11 de mayo de 1886, muestra a Leontine ansiosa y preocupada por asegurar el retorno de su marido, ya que Florentino negociaba su incorporación al Museo de La Plata. No duda en sugerirle un pícaro e infantil ardid: le mandaría un telegrama aduciendo que la madre de Florentino estaba muy enferma, para justificarle así un escape rápido a Buenos Aires, donde una vez a salvo, enviaría un telegrama de renuncia. A fines de enero había muerto el padre de los Ameghino en el Hospicio de Dementes, con este motivo, pide licencia y renuncia a la Universidad. Moreno, desde principios de 1886, lo tentaba con el puesto de subdirector del Museo de La Plata más la compra de su colección. Ameghino acepta, y en julio de 1886 el matrimonio se instala en La Plata donde residirán hasta su muerte. Leontine ve con satisfacción como durante 1887, gracias a la venta de la colección, se construye, al fin, su propia casa, espaciosa, con gran comedor, salones, cocina, despensas y esquina para futuro negocio. Mientras, en Buenos Aires, la librería “Del Glyptodon”, queda a cargo de Juan quien simpatiza con grupos socialistas, organiza mitines, ofreciendo La Vanguardia y otros “folletos socialistas” en la vidriera.

Malos tiempos

Hacia fines de 1889 la Argentina está inmersa en una crisis financiera con inflación, desocupación y baja de salarios y del valor de la propiedad. Frente al “Unicato” de J. Celman crece una fuerza  opositora con ciudadanos de diversas tendencias que conforman en 1889 la Unión Cívica de la Juventud. El descontento creciente por las manipulaciones políticas y la crisis culmina en julio de 1890 con la “Revolución del Parque” que, si bien es vencida, logró la renuncia del presidente. Ameghino roza la quiebra total ya que se devalúan sus ahorros y no puede cubrir sus deudas. La caída de sus allegados políticos lo obligó a febriles negociaciones financieras que lo retienen buena parte de agosto en Buenos Aires. Un aire enrarecido se percibe aún en la provincia con los últimos coletazos revolucionarios. El 18 de agosto de 1890 Leontine cuenta que negocia el alquiler de una de las “esquinas” que poseían, y que vio como llevaban a unos jóvenes, manu militari, para incorporarlos a la Guardia Nacional. Le pide que no viaje a La Plata si aun había riesgos, que no olvide sus “papeles”, mientras que ella se quedaría encerrada. Florentino retorna recién el 23. Con el alquiler de las esquinas, las suscripciones de su “Contribución”, al fin honradas por el gobierno, y la inauguración de la librería platense en 1892, los Ameghino encuentran cierta holgura financiera que se desvanece una vez más por la crisis y el levantamiento de 1893. A fines de Julio, los Radicales se sublevan nuevamente con H. Yrigoyen a la cabeza, sin éxito, tomando algunas provincias y La Plata. Los Ameghino se encierran y ocultan, con una sola preocupación: el cese de actividad comercial de la librería. El 11 de agosto de 1893 Florentino le cuenta a su hermano Juan: “Recién después de los trastornos que ha sido teatro La Plata puedo escribirte…. No ha sido más que susto y una incomodidad de unos doce días en los que tuve que esconderme y cerrar el negocio. …con la maldita revolución he quedado sin un centavo”.

1908: El fin

Hinojosa Quevedo, escribiendo en una gaceta médica, nos deja una imagen diferente de quienes conocieron el matrimonio entre dos siglos: “incompatibilidades de carácter nublaron su paz conyugal… Leontina tenía los nervios enfermos. Don Ameghino llevaba la desdicha casera con mansedumbre evangélica… La muerte de ella lo hirió en el corazón”. Desde 1902, como director del museo de Buenos Aires, Ameghino se ausenta diariamente y registra la librería a nombre de Leontine. Los días transcurren, ensimismada en su comercio y en su jardín. Luego de una corta enfermedad, espera el regreso de Florentino y muere en el atardecer del 28 de junio de 1908. Leontine fue una pieza fundamental del engranaje familiar montado por Florentino para alimentar su ciencia. Así como Juan, ambos fueron eclipsados por una legión de biógrafos de elogios florentinianos. Entre bambalinas, femme moderna e independiente, supo administrar propiedades, no olvidar vencimientos bancarios, velar por los suministros de las librerías, atenderlas diariamente y todo ello en frecuente soledad. Sus cartas de juventud nos atenúan aquella imagen de sus últimos años, desalineada y excéntrica, plasmada en las viñetas de Arrieta. Cómplice, cuando joven no vaciló en embarrar ruedos en las arcillas de Chelles y, poco antes de morir, en los médanos de nuestra costa sur para estar al lado de su “Florentin”. Entre libros y papeles, plumas y tinta; sedas y puntillas en la tienda; cajones de huesos en la trastienda; cobres y carbón en la cocina, marañas de verde en su jardín; Leontine, amante, librera y conspiradora, devino participe necesario de la causa fosilífera, del laborioso resurgir de seres, de paisajes idos y de tiempos sin fin.

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